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El año de 1968 nos ha dejado dos herencias: la derrota y la transición. Ya sé que afirmar que el movimiento de 1968 significó una derrota irritará a algunos. José Revueltas dijo que la experiencia fue altamente positiva, aunque inmediatamente agregó: “a condición de que sepamos teorizar el fenómeno” (México 68: juventud y revolución, p. 21
Hace 25 años Ridley Sott en su obra maestra, la genial Blade Runner, película mestiza de film noir y science-fiction, presentó una superpoblada ciudad agobiada de esmog, de lluvia sucia, de calles hiperpobladas, entorpecidas e inviables, densamente ocupadas por el informal comercio callejero, es decir el monstruoso pantano urbano de los puestos de falluca, de piratería, de fritangas, de hooligans.
Con bombo y asombro, la prensa avisa en estos días que Carlos Fuentes hizo una “crucial” o por lo menos “importante” donación a la UNAM. De hecho, la página oficial de la universidad anuncia como un hecho que Fuentes le donó “su acervo personal.
Antes de abandonar mi puesto emergente, se me ocurrió diseñar los cajones del estacionamiento, que no existían. Desde ahí continué mi viraje hacia direcciones estrábicas. Pero la espiral del destino (yo sí creo en ese bato) me llevó de regreso. Volví. Entonces me contrataron (sin contrato) para vigilar la entrada principal durante la madrugada.
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